Ciencia abierta: una lógica de dones

Ana Lucía Olmos Álvarez*

En 2021, la UNESCO propuso una ambiciosa definición de ciencia abierta: un modelo de producción y circulación del conocimiento basado en la transparencia, el libre acceso, la colaboración y el respeto por la diversidad epistemológica.

Pero, ¿qué significa convertir el conocimiento en algo «abierto», compartido y ofrecido a los demás? Una forma de abordar esta cuestión es a través de un concepto antropológico clásico: la lógica del regalo.

En “El ensayo sobre el don” (1925), Marcel Mauss demostró que, en muchas sociedades, el acto de dar no es un gesto gratuito o desinteresado, sino que está cargado de obligaciones sociales. Dar también implica recibir y devolver: don, contradon y obligación mutua. No existe el don inocente o puramente altruista: lo que se da circula, vincula y compromete. El objeto ofrecido, ya sea un bien material, comida, una palabra o conocimiento, crea vínculos duraderos entre el que da y quien recibe.

Pensar en la ciencia abierta desde una lógica de dones nos permite ir más allá de una visión meramente instrumental (abrir datos, liberar publicaciones) y enmarcarla como un acto relacional: abrir el conocimiento es, en efecto, una ofrenda, pero también un acto de interpelación. No se trata simplemente de «conceder» acceso, sino de crear las condiciones para que ese conocimiento cobre sentido, sea apropiado, devuelto y transformado.

Desde esta perspectiva, el conocimiento científico es un bien circulante que genera obligaciones éticas: hacia las comunidades involucradas en la investigación, hacia otros cuerpos de conocimiento y disciplinas, hacia territorios específicos y hacia futuros investigadores.

Mauss también nos recuerda que todo regalo exige reciprocidad y genera obligaciones. La apertura del conocimiento, entonces, plantea otras preguntas: ¿Qué esperamos a cambio? ¿Quién tiene el poder de devolver? ¿Y qué formas de desigualdad reforzamos cuando algunas personas reclaman el poder de «dar» en nombre de la ciencia, mientras que otras simplemente «comparten» su conocimiento sin reconocimiento ni autoridad?

La ciencia abierta implica tensiones y retos reales. Como advierte la declaración de la UNESCO, las instituciones y los actores poderosos pueden convertirla en una forma de colonialismo epistémico si no la construyen sobre los principios de equidad, inclusión y respeto por la diversidad cultural. Para evitarlo, el «acto de abrir» debe ir acompañado de una reflexión crítica sobre quién da, quién recibe y cómo se regula esa circulación. 

Pensar en la ciencia abierta desde la perspectiva de los dones, en lugar de como una mera política de acceso, nos permite reconocer que cada artículo compartido, cada conjunto de datos publicado y cada intercambio de conocimientos entre comunidades e investigadores activa relaciones. Y esas relaciones no son neutrales: implican compromisos, generan obligaciones y abren la posibilidad de una transformación mutua. El poder transformador de la ciencia abierta debería inspirarnos a crear una comunidad científica más equitativa y diversa.

Este tipo de apertura crítica va más allá del mero acceso: significa ofrecer el conocimiento como un don, un acto que nos sitúa dentro de una red de intercambio, reciprocidad y responsabilidad compartida.

*Dra. y magíster en Antropología Social, profesora de ciencias antropológicas. UNDAV/CONICET


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